Anoche el pasillo volvió a crujir a las 3:17. No fue un crujido normal, sino uno de esos que parecen tener intención, como si la casa recordara algo que yo he intentado olvidar.
Dejé una vela en el suelo, junto a la puerta del cuarto pequeño, y durante unos segundos juraría que la llama tiró hacia la pared. No había corriente. No había ventanas abiertas. No había nada, salvo esa sensación sucia de que algo estaba observando desde el otro lado del yeso.
“Hay lugares que no están malditos; simplemente llevan demasiado tiempo escuchando.”
No sé si esto cuenta como ritual, como paranoia o como costumbre adquirida después de demasiadas noches malas, pero empiezo a pensar que algunas manías son una forma de diálogo.
Si el pasillo vuelve a sonar esta noche, dejaré otra vela. Si responde, lo escribiré aquí.